La historia de los selfies perfectos en un lago con desperdicios humanos

¿Qué es lo real y qué no lo es? Aparte de interminables debates acerca de la cuestión filosófica de la realidad, no es debatible que lo mostrado en imágenes en Internet pocas veces se ajusta a la percepción que tenemos de lo que es ‘real’, de lo que ‘de verdad’ ven nuestros ojos cuando enfocamos el ambiente tridimensional que nos rodea. Por ejemplo, nadie duda de que las ‘divertidas’ poses que muestran los turistas cuando pretenden ‘sujetar’ la torre de Pisa son, en ‘realidad’ un montaje, una ilusión óptica creada por la perspectiva. Nadie, en su sano juicio, pensaría que Pedro Gómez, natural de Murcia y de viaje por Pisa, tiene la fuerza sobrehumana de poder sujetar una gigantesca torre ladeada.

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Más complicado lo tenemos cuando lo que vemos en Internet podría ajustarse a la ‘realidad’ tal y como pensamos que es. Cuando vemos en la cuenta de Instagram de un influencer fotos y más fotos del mismo, acudiendo a eventos lujosos, siendo maquillado como una estrella o tomando cócteles en la lujosa terraza de un país europeo deformamos la percepción que tenemos de esa persona. No nos planteamos que esa persona, como cualquier otra, tiene días malos, debe hacer cosas que no le apetece y que, en definitiva, su vida puede no ser de color de rosa. Toda imagen publicada tiene una intención y nuestro deber como espectadores es situarlas en un contexto y no darles la calidad de ‘verosimilitud’ que, sin duda, no tiene. Puede tener ciertos grados de veracidad, pero en la intención hay siempre subjetividad.

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El último y flagrante caso relacionado con lo que vemos y la realidad del hecho en sí se sitúa en un lago de Novosibirsk, en Siberia, un  lago de aguas turquesas y cristalinas que, en el fondo (y nunca mejor dicho) alberga un terrible secreto a voces: se trata de un sucio vertedero en el que el solo contacto del agua con la piel puede provocar efectos nocivos en la piel. Pero ¿cómo?, ¡si el agua es turquesa! El color se debe, precisamente, a la cantidad de óxidos metálicos que alberga su interior, desechos de una central de energía térmica anexa al lago, que provee de electricidad a la ciudad, la tercera más grande de Rusia.

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La Compañía Electrica de Siberia no ha dudado en lanzar mensajes de advertencia: bañarse en el lago puede ocasionar problemas cutáneos. Es evidente que los instagrammers hacen caso omiso a dichos mensajes y, atraídos por el idílico paisaje, semejante a otros parecidos que podemos ver en lejanos parajes como El Caribe, no dudan en sumergirse y realizar una sesión de fotos a la espera de ese puñado de likes que les aumente el caché. Las ‘Maldivas siberianas’, como se las conoce, han llegado a tal nivel de popularidad que disponen de una cuenta propia en Instagram, en la que podemos ver ‘idílicas’ estampas protagonizadas por incautos que no dudan en posar en bañador al lado del lago o, incluso, hacer paddle surf dentro de sus aguas.

Este caso se relaciona, directamente, con el caso de los ‘selfies mortales‘. Quizás es hora de que reflexionemos un poco acerca de nuestros actos, sobre todo los relacionados con redes sociales e Internet. No es cuestión de ser moralistas ni de juzgar, sino de ser conscientes de que, en ocasiones, podemos poner nuestra vida en juego por un puñado de likes que de poco valen, en ‘realidad’.