
Durante mucho tiempo hemos creído que la seguridad digital dependía de nuestra capacidad para memorizar códigos extraños y cambiarlos con frecuencia, hasta el punto de que esto se ha convertido en un mantra. La realidad, no obstante, va por otro camino, sobre todo porque los métodos que utilizan los ciberdelincuentes hoy en día no tienen nada que ver con los de hace 10 años. Por eso es el momento de dejar atrás viejas costumbres y poner sobre la mesa 3 mitos y 7 claves para escribir contraseñas realmente seguras en 2026, ya que la verdadera protección actual no reside en la complicación, sino en la estrategia. Al adaptarnos a esta nueva realidad, no sólo estaremos más protegidos, sino que también eliminaremos esa carga mental de intentar recordar decenas de claves que, en realidad, ya no son tan seguras como pensábamos.
Mitos sobre las contraseñas que hay que actualizar
El primer gran error que todavía persiste en muchas organizaciones es la obligación de cambiar la clave cada cierto tiempo, habitualmente cada 90 días. Esta práctica se basaba en la idea de que, si alguien lograba descifrar un código, sólo tendría acceso por un periodo limitado, aunque esto puede tener su lado negativo.
Cuando se nos obliga a realizar cambios frecuentes sin un motivo real, es natural que elijamos opciones sencillas o a seguir secuencias lógicas muy fáciles de adivinar para un programa informático, como sustituir el nombre de un mes por el siguiente o añadir un número correlativo al final de una palabra común. Estos patrones, provocados por la fatiga, hacen que al final la seguridad sea cada vez más débil, consiguiendo el efecto contrario al deseado.
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Otro mito muy extendido es que una contraseña es mejor cuanto más símbolos y números contenga en un espacio reducido, como ‘C0ntr4Seña!’. Se ha insistido mucho en que cambiar una letra por un carácter parecido hace que la clave sea indescifrable, pero la realidad es que los sistemas que utilizan los delincuentes han avanzado hasta el punto de que ya conocen cuáles son las sustituciones habituales. El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de EE. UU., conocido como NIST por sus siglas en inglés, ha señalado que este tipo de reglas suelen llevar a la creación de claves cortas que son fáciles de romper mediante ataques de fuerza bruta.
Por último, el tercer mito consiste en confiar en que tener una contraseña muy robusta es suficiente para estar a salvo, algo que vemos con los indicadores de seguridad que muestran muchas webs en sus interfaces, mostrando cómo es más segura a medida que añadimos números, mayúsculas o caracteres especiales.
En la actualidad, los atacantes no suelen intentar adivinar las claves una por una. En su lugar, utilizan técnicas como el engaño a través de correos falsos (el tristemente habitual phishing) o aprovechan filtraciones de grandes bases de datos donde las claves ya están expuestas. Confiar toda la seguridad de nuestra vida digital a una única palabra, por muy compleja que sea, es una visión incompleta de los riesgos modernos, y no hay que perder de vista que, en el ámbito de la ciberseguridad, el usuario (o sea, nosotros mismos) somos en realidad el punto más débil.

Siete consejos para una seguridad real y efectiva en las contraseñas
El primer paso para mejorar nuestra protección es priorizar la longitud por encima de cualquier otro factor. Según las recomendaciones técnicas actuales, una clave debería tener al menos 15 caracteres. Cuanto más larga es la secuencia, más combinaciones posibles existen y más recursos necesita un atacante para intentar descifrarla, lo que hace que su esfuerzo deje de ser rentable. Si bien no todas las páginas web o servicios admiten contraseñas de esta longitud, siempre que sea posible es aconsejable aprovechar todo el margen que nos den.
Como segundo consejo, es mucho más útil emplear frases de acceso en lugar de palabras sueltas. Una combinación de términos aleatorios que no tengan relación entre sí, como por ejemplo libro-naranja-veloz-teclado, resulta mucho más difícil de romper para una máquina y, al mismo tiempo, es más sencilla de visualizar y recordar para una persona.
En tercer lugar, debemos dejar de rotar las claves por una cuestión meramente temporal. Sólo es necesario realizar un cambio si tenemos indicios claros de que nuestra seguridad se ha visto comprometida. Por ejemplo, si recibimos un aviso de inicio de sesión desde un lugar desconocido o si un servicio que utilizamos informa de una filtración de datos por correo electrónico, en cuyo caso sí conviene modificar la contraseña, pero siempre accediendo directamente desde su página web, no desde el correo, ya que así descartaremos posibles intentos de ataque vía phishing.

El cuarto punto fundamental es la exclusividad. Nunca se debe utilizar la misma contraseña para dos servicios diferentes, y este es uno de los puntos en los que todos seguimos cayendo de forma casi inevitable. Si un sitio web con poca seguridad sufre un ataque y usted usa esa misma clave para su correo principal, los atacantes tendrán la puerta abierta a toda su información personal de forma inmediata.
Como quinto consejo, los profesionales de la ciberseguridad siguen recomendando usar un gestor de contraseñas. Estas herramientas funcionan como un archivador blindado que genera claves únicas y largas para cada cuenta y las introduce automáticamente por nosotros. De esta forma, el usuario sólo necesita memorizar una única frase maestra muy sólida para acceder a todas las demás.
En sexto lugar, es imprescindible activar la autenticación de dos factores en todas las plataformas que lo permitan. Esto significa que, además de la contraseña, el sistema pedirá una segunda confirmación, como un código temporal en una aplicación móvil. Es una red de seguridad que impide el acceso aunque alguien haya conseguido descubrir nuestra clave.
Por último, es aconsejable empezar a utilizar las llaves de acceso o passkeys. Este sistema utiliza la tecnología de nuestros dispositivos, como el reconocimiento facial o la huella dactilar, para crear un acceso cifrado que no requiere escribir ninguna contraseña.
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