Adiós a las bombillas halógenas, verdades y mentiras de las LED

El día 1 de septiembre de 2018 pasará a la historia porque empezó la prohibición de vender bombillas incandescentes halógenas. En 2012 ya se prohibieron en la Unión Europea las tradicionales, y a partir de esa fecha tampoco se pueden vender las halógenas. Han sido casi 140 años de existencia desde la primera patente en 1879, en la época de Thomas Edison. Las actuales bombillas de LED anuncian mucho menor consumo y mayor duración, pero… ¿cuánta verdad hay en eso? Las bombillas tradicionales eran muy simples y las LED esconden sorpresas.

Un hilo radiante

Cuando hace casi un siglo y medio surgieron varios tipos de bombillas, pues Edison no fue el único, todas usaban el mismo principio. Al pasar una corriente eléctrica por un filamento, éste se calienta tanto que se pone incandescente y emite luz. Lo malo es que se calienta, mucho, y buena parte de la energía eléctrica se va de esa forma. Se calcula que un 85 por ciento de lo que consume una bombilla incandescente se evacúa en forma de calor.

En sus primeros años, el esfuerzo se centró en mejorar su duración pues los filamentos se fundían. Al final hacerlo en Wolframio dio los mejores resultados: con un coste razonable duraba unas 1.000 horas. Existe el mito de que se patentó una bombilla capaz de durar 200.000 horas. Pues no es un mito, existe, pero era muy cara de fabricar y se desestimó por ese motivo… quizás algún día haya lugar para algo así.

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El siguiente desarrollo importante de las bombillas incandescentes llegó con las halógenas. Estas trabajan a mayor temperatura y consiguen mejor rendimiento (más luz y más blanca). Además duran mucho más, entre 2.000 hasta 4.000 horas normalmente. En lugar de cristal están envueltas en cuarzo y contienen un gas (halógeno de ahí el nombre) que mantiene el filamento más tiempo. Cuando en 2012 se prohibieron las incandescentes tradicionales, las halógenas fueron “indultadas” gracias a su mayor duración y rendimiento. Hasta septiembre de 2018, eso sí.

Bajo consumo

Tanto las bombillas tradicionales como las halógenas exigen consumir bastante electricidad para iluminar bien. Lo normal era usar bombillas de 40 a 60 vatios, y en ocasiones hasta 100 o más… cuando no más de una bombilla, claro. Una casa normal podía estar consumiendo cualquier noche cerca de 500 vatios sólo con las luces. Cuando nos preocupa el planeta, eso es mucho, demasiado, recuerda que más del 80 por ciento de esa energía es calor. Salvo en invierno y con una lámpara de mesa o cercana, eso se pierde.

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El primer avance fueron las bombillas “de bajo consumo”. Realmente se trataba de tubos fluorescentes miniaturizados, como es evidente cuando nos fijamos en ellas. Se redujo el balasto necesario para encenderlas, y el tubo en sí, para poderlas usar en lugar de las tradicionales. El cambio fue muy notable: la luz de una bombilla de 60 W, que una halógena da con unos 50 W, se conseguía con apenas 15 W. Tras su aparición hubo no pocas campañas en favor de su uso, incluso alguna sonada del Gobierno.

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Pero esas bombillas ya tenían algunas pegas. La primera: eran mucho más caras, cinco a diez veces más que las tradicionales. Compensaba eso que duraban también, supuestamente, mucho más, hasta 8.000 horas o más. La segunda pega es que, como residuo, son mucho más contaminantes. Llevan mercurio en su interior además de componentes electrónicos que se degradan mal. Y otra pega, que sobre el papel no está pero que sabemos existe: su complejidad interna da pie a que haya muy diferentes calidades. Y las más baratas no duran ni de lejos como las buenas. Esto todavía ocurra hoy día, y seguramente te habrá pasado: algunas bombillas de toda la vida siguen dando luz mientras las “nuevas” caen una detrás de otra.

Las LED

El siguiente y definitivo paso en la evolución de las bombillas llegó con las LED. Los diodos que emiten luz al conducir corriente (siglas LED inglesas) existían hace tiempo. Pero hasta que no se consiguió la luz azul (lo que valió el Nobel a sus inventores) no se pudieron aplicar para iluminar. Ahora los vemos cada día… El salto en rendimiento es menos grande que respecto de las fluorescentes, pero notable. La luz de esa bombilla original de 60 W que nos podía dar una de bajo consumo de 15 W, la LED nos la da por 8 W.

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Y la diferencia en duración es abismal… Los LED se usaron enseguida en vehículos porque son prácticamente eternos y muy resistentes a las vibraciones. Las bombillas de filamento, obviamente, se terminan fundiendo con el uso y los kilómetros. Un diodo LED puede durar más de 100.000 horas (sí, cien mil). ¿La solución definitiva? Sí… y no.

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Los LED funcionan con corriente continua y bajo voltaje: son ideales para usar con pilas por ejemplo. Las linternas LED han inundado el mercado, y es una aplicación muy buena de la tecnología. Ahora puedes ir de excursión y tener (mucha) luz toda la noche, algo impensable hace pocos años. Por eso también van muy bien en coches o motos (bajo voltaje y corriente continua o DC).

Lo que no te cuentan

Pero en casa tenemos corriente alterna (50 Hz) y mucho voltaje (230 V). Esto es porque así es mucho más barato (incluso posible) su transporte y distribución. Para que una bombilla LED funcione enchufada en casa, hace falta que tenga una fuente de alimentación, un adaptador. Es lo que reduce el voltaje hasta el nivel necesario y también modifica la frecuencia o la rectifica, para que la luz no parpadee. Y ahí está una clave. Una fuente de alimentación consta de varios componentes electrónicos, que pueden ser mejores o peores, y su diseño puede ser también más o menos elaborado.

No hace falta que te diga que las bombillas LED de muy bajo precio no usan lo mismo que las de marcas reconocidas. Incluso en muchos casos, ya “avisan”: dentro de una misma marca suele haber bombillas de bajo precio anunciadas para 10.000 horas, y otras más caras en las que pone 20.000 horas. A buen entendedor… Y lo peor es que, cuando se han hecho pruebas reales de duración, muy pocas veces se alcanzan esas cifras. Tuvimos de las primeras bombillas LED animados por la ventaja tecnológica, y ya no nos queda ninguna. Muchas no habrán durado ni las 1.000 horas de una bombilla tradicional… ¿engaño? Tú dirás.

No duran tanto, ni gastan tan poco

Pero hay más: tampoco el consumo anunciado suele ser cierto o real. Esa fuente de alimentación interna no es perfecta: dan un 80 a 85 por ciento de rendimiento. Eso significa que una LED de “8 W”, una de dos, o está consumiendo realmente unos 10 vatios, o no nos da la luz de esos 8 W sino uno o dos menos. ¿Dónde se va el resto? Pues obviamente, en calor: las bombillas LED se calientan bastante como habrás notado si tienes alguna. Además según el diseño de la fuente, ese consumo reactivo con los contadores actuales puede quedar registrado como mayor al facturarse.

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Y ése es otro punto de posible ahorro: la necesidad de disipadores, que son de metal (aluminio) y no es barato. Ya tienes otro motivo por el que las LED baratas duran menos, porque llevan menos metal y disipan menos calor. Aparte de lo que hayan invertido en “ingenio” (diseño), ése es un factor clave, el coste cuando se fabrican millones.

Como ves, las bombillas tradicionales tenían sus pegas, pero también sus ventajas. Eran muy sencillas y se podían fabricar a bajo coste, y si además de luz necesitabas calor, geniales. Nos las han prohibido, así que no es mala idea comprar algunas mientras queden… Porque las LED gastan muy poco, pero no es “tan” poco. Y duran mucho, pero no duran “tanto”.

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