5 inventores españoles cuya historia cayó en él olvido

España ha sido un paí­s muy rico en inventores, cientí­ficos e investigadores. Nuestro territorio ha dado grandes figuras e inventos, que no siempre han salido a la luz o han tenido tanto éxito como habrí­a sido de esperar. De ahí­ que muchos de estos nombres hayan caí­do en el olvido.

En ocasiones, de hecho, han sido más reconocidos en el ámbito internacional que en su propio paí­s de origen, España. Hoy queremos recuperar la figura de cinco inventores que dio nuestro paí­s y que merecen todo nuestro reconocimiento. Aunque ya no estén con nosotros.

Estos son 5 inventores españoles cuya historia cayó en él olvido.

Jerónimo de Ayanz inventores

1. Jerónimo de Ayanz y Beaumont

Puede que en cuanto sepas su historia, te acuerdes mucho más a menudo de él. Sobre todo en estos dí­as en los que sufrimos esta ola de calor. Jerónimo de Ayanz y Beaumont vivió en el Siglo de Oro, así­ que fue contemporáneo de Lope de Vega o Francisco de Quevedo. Sin embargo, lo suyo no fue la poesí­a. O no en el sentido más estricto de la palabra.

Jerónimo de Ayanz

Jerónimo de Ayanz y Beaumont

Porque además de inventor, este polifacético individuo fue pintor, cosmógrafo y músico. Su primera profesión fue la de militar, pero lo cierto es que Jerónimo de Ayanz fue un precursor de la máquina de vapor. De hecho, en 1606 registró la patente de la máquina de vapor moderna.

De Ayanz desarrolló un sistema para extraer el agua de las galerí­as de las minas. El método estaba basado en la técnica del sifón con intercambiador y el principio de la presión atmosférica. Esto le permitió sacar el agua de las galerí­as. Al mismo tiempo, inventó un sistema que usaba la fuerza del vapor para impulsar el lí­quido a través de una tuberí­a. 

Más adelante, usó este mismo concepto para lanzar nieve pulverizada al interior de la mina. Lo hizo a través de un eyector de vapor. Y esto sirvió para refrigerar las galerí­as. El primer aire acondicionado de la historia. Padre del que ahora estás disfrutando tú.

Adrián ílvarez Ruiz inventores

Adrián ílvarez Ruiz, recorte de prensa de la época

2. Adrián ílvarez Ruiz, el inventor del tanque submarino

Nacido en Barruelo de Santullán (Palencia) en 1884 y fallecido en 1950, Adrián ílvarez Ruiz emigró a Madrid desde su pueblo natal en busca del trabajo. En 1932 se habí­a convertido en responsable de los talleres de MZA, la ferroviaria que después de convirtió en RENFE.

Pero su afición a la lectura, y concretamente a Verne, hizo que se sumergiera de lleno en el mundo de los inventos. Y así­ fue como nació el tanque submarino. Se trataba de un sistema que desarrolló en su propia casa y que tení­a que servir para alargar la vida de los submarinistas que habí­an sido ví­ctimas de un siniestro.

Aunque se hicieron pruebas con miles de espectadores (más de 15.000 personas, el 20 de octubre de 1932 en el lago de la Casa de Campo de Madrid), el invento nunca llegó a fraguar. En 1947 fue presentado en Reino Unido a la Royal Navy, pero después de la guerra, sus cientí­ficos ya tení­an entre manos sistemas más sofisticados.

Emilio Herrera Linares

Emilio Herrera Linares con su traje espacial

3. Emilio Herrera Linares, el primer traje de astronauta

La historia de Emilio Herrera Linares es una de la de tantos españoles que vieron truncada su vida y sus sueños por la guerra. Nació en 1879 en Granada y falleció en Ginebra, en septiembre de 1967. Fue ingeniero militar español, dedicado a la aviación y a la ciencia y hasta fue presidente del Gobierno de la República en el exilio.

Fue él el que inventó la primera escafandra automática. Lo hizo después de estudiar el fallecimiento del aviador Benito Molas. Según Herreras, el traje diseñado permitirí­a a una persona llegar a los 22.000 metros de altitud en un globo de barquilla abierta. En 1935 fue terminado: incluí­a un sistema de respiración, una visera para evitar los rayos ultravioleta y un micrófono.

El estallido de la guerra civil en 1936 impidió que el proyecto llegara a buen término. Entre manos también tení­a el objetivo de viajar a la luna. Lo habí­a escrito en 1932. La NASA le habí­a ofrecido la posibilidad de participar en el proyecto, pero lo rehusó. Tras su exilio a Francia, su patria lo olvidó. Neil Armstrong mandó a Manuel Casajust, ayudante de Herrera, una roca lunar como homenaje. Dos años antes de que el hombre llegara a la luna, Herrera ya habí­a fallecido.

Manuel Jalón Corominas inventores

Manuel Jalón Corominas, inventor de la fregona y la jeringuilla desechable. EFE

4. Manuel Jalón Corominas

«Tráeme el Rodex, que voy a fregar el suelo». ¿Cuántas veces hemos escuchado esto en nuestras casas? Pues bien, en realidad, lo que hoy conocemos por este nombre es la denominación de marca que Manuel Jalón Corominas usó para comercializar la fregona de toda la vida.

Nacido en Logroño (1925) y fallecido en Zaragoza (2011), Jalón fue un inventor español e ingeniero aeronáutico, que además de inventar la fregona, ideó la jeringuilla desechable. Esa que hoy se ha convertido en instrumental imprescindible en los entornos sanitarios y domésticos.

jeringuilla desechable

La autorí­a de este invento pasó más desapercibida, pero lo cierto es que se trataba, casi al mismo nivel que la fregona, en una verdadera revolución. La jeringuilla hipodérmica de un solo uso se hizo de plástico, con un émbolo que no se atascaba. Era, además, muy fácil de destruir. Se empezó a producir en Fraga por Fabersanitas, pero al poco tiempo, el invento ya habí­a sido exportado a más de 80 paí­ses.

5. César Comas Llaberí­a

César Comas inventores

César Comas Llaberí­a, un héroe de los Rayos X

La historia de César Comas es un tanto triste. Y es que si algo podemos decir de este cientí­fico barcelonés es que dio literalmente su vida por la ciencia. Nacido en la Ciudad Condal en 1874 y fallecido en la misma en 1956, este médico y radiólogo catalán ha sido uno de los mayores estudiosos de los rayos X y el primero que los introdujo en nuestro paí­s.

Fue un pionero y lo fue a costa de su propia salud. Junto a un familiar médico, Agustí­n Prió Llaberí­a, crearon su propio gabinete radiológico. Sabí­an que la exposición a los rayos X era peligrosa, pero desconocí­an hasta qué punto.

El pacto fue el de manipular las máquinas y hacer experimentos solo con una de sus manos. Expusieron su propio cuerpo a la radiación para saber qué ocurrirí­a. Agustí­n puso su mano derecha y César, la izquierda.

El primero desarrolló un cáncer que se extendió rápidamente por todo el cuerpo. A César tuvieron que amputarle la mano, pero vivió hasta los 80 años. Lo hizo, además, con austeridad y una modesta paga de profesor jubilado.

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