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Cada vez que hay una guerra de formatos en el mercado de la electrónica, los consumidores reaccionan de dos maneras distintas. Por un lado, los más fanáticos de la tecnologí­a se enzarzan en estériles disputas sobre cuál es la mejor, mientras que el común de los mortales adopta una postura de prudencia, a la espera de invertir su dinero en la que resulte vencedora. Pasó con la guerra del ví­deo, y luego con la del Blu-ray contra el HD DVD. Ahora la guerra de formatos se ha trasladado al campo de la televisión en 3D.

Fabricantes y consumidores se dividen entre los que prefieren los equipos con gafas activas y los que se decantan por las gafas pasivas. Hay incluso una tercera escuela que espera ansiosa la popularización de los equipos sin gafas. El caso es que entre unos y otros están tirando fuerte de las ventas, de tal manera que el 20% de todos los televisores vendidos este año es compatible con imágenes en tres dimensiones en cualquiera de las tecnologí­as imperantes.

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Los expertos están convencidos de que la capacidad de reproducción de imágenes en tres dimensiones va a ser una prestación básica más, como el puerto USB o la salida HDMI. La industria del cine se ha dado cuenta por fin de esta marcada preferencia del público y por eso está apostando por un aumento en el catálogo de pelí­culas en tres dimensiones. La industria de la televisión tampoco quiere quedarse atrás, y ya promete la retransmisión tridimensional de eventos de ámbito mundial como los Juegos Olí­mpicos.

De todas formas, los expertos en electrónica coinciden en que para que las ventas superen esa barrera de uno de cada cinco televisores, todaví­a deben cumplir ciertas condiciones. En primer lugar, que las gafas abaraten su precio, y esto elimina de la ecuación las gafas de obturación que son mucho más caras. Cuanto más caras las gafas, más difí­cil es reunir a los amigos en torno a la pantalla para ver el partido del domingo, salvo que cada cual se traiga las suyas. Unas gafas baratas las puede poner el propietario de la pantalla de televisión. Una vez superados estos escollos, todaví­a queda por resolver la guerra entre las pantallas con gafas y las pantallas sin ellas.